Modernismo en Barcelona

Modernismo catalán

Lo mejor de Barcelona

Durante la primera mitad del siglo XIX, Europa experimentará una serie de cambios de carácter económico, social, político y cultural que serán la consecuencia de uno de los hechos más relevantes de la época moderna: La Revolución Industrial. Este fenómeno generará un éxodo expansivo hacia las ciudades, obligando a las mismas a adaptarse y tomar medidas para cubrir las necesidades básicas de sus habitantes.

Barcelona no será ninguna excepción y respondiendo a la gran expansión, durante la segunda mitad del siglo XIX, vivirá una transformación urbanística que le llevará a convertirse en un referente cultural y arquitectónico a nivel mundial. La falta de espacio obligará a la ciudad a abrir las murallas y ofrecer una mayor superficie, quedando abierto el camino que llevará a la Barcelona actual. Esta nueva zona recibirá el nombre de Eixample -Ensanche- y el artífice de tal revolucionario planteamiento, basado en una ordenación formada por islas de casas con un espacio libre en el centro, será Idelfonso Cerdà.

De este fenómeno surge una nueva clase social, la burguesía, principal consumidora de arte, con una participación en el ámbito político y social y con gran interés en mostrar públicamente su poder económico y social. La mejor manera de hacerlo era a través de la construcción de grandes y bellas casas o fábricas que se diseñaban siguiendo las bases estéticas más innovadoras del momento. Es en este momento cuando surge un nuevo movimiento artístico, que considera el arte como una sola unidad suprema y que dominará el panorama europeo del momento: Art Nouveau en Francia y Bélgica, Modern Style en Reino Unido, Liberty en Italia, Jugendstil en Alemania, Sezessionstil en Austria, y Modernisme en Cataluña.

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El Modernismo catalán se desarrolla en el contexto de un nuevo clima intelectual estimulado por la Renaixença, marcado por una etapa de crecimiento, progreso y deseo de recuperación lingüística y cultural. La reforma cultural se unía a la reforma estética en el marco de una Barcelona industrial de gran vitalidad económica. La Exposición Universal de Barcelona de 1888, reflejo del desarrollo económico, social, urbanístico y arquitectónico del periodo, marcará el inicio del apogeo de la corriente modernista gracias a las posibilidades de propagación artística que permitía la gran muestra.

El Modernismo se presenta como un movimiento ecléctico con un lenguaje artístico en el cual la creatividad espontánea es mucho más fuerte que las imposiciones normativas de las líneas clásicas. Destaca por un interés en la ornamentación a través líneas curvas, la asimetría, la multiplicidad floral y vegetal, el uso de motivos zoomórficos y antropomórficos, la presencia de color y la mezcla de formas sinuosas, dando a la creación un sentido de fantasía. El Modernismo supondrá una ampliación del campo artístico al integrar todas las manifestaciones artísticas en una misma unidad, esto será visible en las artes aplicadas, pero también en otros campos de la cultura tales como la literatura, el cine, la música y el teatro.

Dando como resultado uno de los períodos artísticos y culturales más brillantes, el Modernismo catalán se define como una actitud de renovación en pro de la modernidad. Se reivindica la modernización de las formas a partir de la inspiración en la naturaleza, la consciencia de la identidad propia catalán y la utilización de los nuevos materiales. Se recuperan los oficios artesanales adaptándose a los nuevos materiales para concebir cada pieza como una obra de arte total, adecuando la forma a la función. Los arquitectos modernistas iban más allá de la simple proyección de sus edificios, intervenían también en el diseño de los interiores, los objetos de uso cotidiano, el mobiliario. Las artes decorativas juegan aquí un papel importante y con ellas los diferentes talleres artesanales que, siendo la naturaleza su fuente de inspiración, integran un único ideal de belleza.

Pero si el Modernismo adquiere su carácter propio es gracias a aquellos que han desarrollado las que hoy son las grandes joyas arquitectónicas de Cataluña, de entre los que destacan Josep Puig i Cadafalch, Lluís Domènech i Montaner, Josep Maria Jujol i Gibert o Antoni Gaudi i Cornet. En el resto de manifestaciones artísticas destacan también los pintores Ramon Casas y Santiago Rusiñol; los escultores Enric Clarasó, Josep Llimona y Eusebi Arnau; el vidriero Luís Rigalt; el forjador Manuel Ballarín i Lancuentra; el escultor y especialista en decoración de interiores Alfons Juyol i Bachs, siendo solo algunos de los grandes artistas y artesanos que reivindicaron la tradición, los oficios y la naturaleza para crear uno de los movimientos más espectaculares de la historia del arte y del pensamiento.

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